El bruxismo plantea un reto que trasciende la salud bucodental. La actividad muscular excesiva asociada a apretar los dientes puede repercutir en distintas zonas del organismo y relacionarse con cefaleas, molestias cervicales, contracturas, mareos y vértigos.
Esta conexión refuerza la necesidad de que los profesionales contemplen el problema desde una perspectiva más amplia. No se trata únicamente de proteger las piezas dentales frente al desgaste. El sueño, el estrés, la respiración, la actividad física y la postura también entran en la ecuación.
La cirujana oral e implantóloga Carmen María Delgado Álvarez y la ortodoncista Ana Isabel Peña García, fundadoras de la Clínica Dental Delgado y Peña, defienden precisamente este enfoque. Para ambas profesionales, el bruxismo requiere una valoración que vaya más allá de sus consecuencias dentales.
De la mandíbula al cuello y la cabeza
La relación entre el bruxismo y determinadas molestias tiene como uno de sus protagonistas al nervio trigémino. Delgado explica que se trata del nervio craneal más grande. Inerva los músculos encargados de la masticación y, al mismo tiempo, está conectado con la sensibilidad de la cabeza y el cuello.
Esta circunstancia ayuda a comprender cómo la sobrecarga mandibular puede tener repercusiones fuera de la boca. Cuando una persona aprieta los dientes, los músculos maseteros y temporales desarrollan una intensa actividad.
Según Peña, esa hipertonía puede desencadenar un efecto en cadena. Los músculos del cuello, entre ellos los trapecios y los esternocleidomastoideos, se contraen para compensar la postura de la cabeza. El resultado puede manifestarse mediante cefaleas tensionales, dolor cervical, mareos o incluso vértigos.
La articulación temporomandibular (ATM) también puede verse afectada. De este modo, la evaluación clínica gana complejidad y exige prestar atención a síntomas que, inicialmente, podrían no asociarse con un problema relacionado con la mandíbula.
Los hábitos cotidianos entran en la consulta
El estilo de vida ocupa un lugar relevante dentro de este planteamiento. Las especialistas señalan varios hábitos que conviene reducir. Entre ellos aparecen el uso de pantallas azules inmediatamente antes de dormir y el consumo excesivo de café, bebidas energéticas o nicotina durante la tarde y la noche.
También aconsejan evitar cenas demasiado copiosas o tardías. A ello se suman comportamientos como masticar chicle con frecuencia, morderse las uñas o mordisquear bolígrafos. Estas acciones contribuyen a mantener hiperactivo el músculo masetero.
Durante la jornada, Delgado propone adoptar la posición “lengua en el paladar, dientes separados”. También recomienda cuidar la postura frente al ordenador y evitar mantener la cabeza proyectada hacia delante.
Antes de dormir, las medidas pasan por favorecer la desconexión. Una iluminación tenue, la lectura o los estiramientos suaves pueden formar parte de esa rutina.
Sueño, respiración y estrés amplían el abordaje
El planteamiento de las especialistas incorpora cuatro elementos principales: gestión del estrés, sueño, respiración y ejercicio. Peña los considera pilares para intervenir sobre los factores que están en el origen del problema.
La respiración adquiere especial relevancia. La respiración nasal y diafragmática activa, según explica la especialista, el sistema nervioso parasimpático, relacionado con la relajación y el descanso.
Un sueño de calidad también resulta importante. Las profesionales sostienen que ayuda a reducir la producción de cortisol y favorece la reparación muscular.
El ejercicio físico completa este enfoque. Su práctica ayuda a metabolizar el exceso de adrenalina acumulado durante el día. Las expertas conceden especial importancia a la movilidad cervical y torácica.
Además, incorporan técnicas destinadas a gestionar el estrés, como el mindfulness y la coherencia cardiaca, con el objetivo de ayudar al sistema nervioso a reducir su nivel de activación antes de acostarse.
Cinco pautas para trasladar el enfoque a los pacientes
Una de las recomendaciones más sencillas puede resumirse en una pauta: “labios juntos, dientes separados”. Delgado recuerda que los dientes deberían entrar en contacto únicamente al masticar y tragar.
La desconexión digital nocturna constituye otra medida. Las especialistas aconsejan apagar las pantallas al menos una hora antes de dormir. También proponen realizar un automasaje suave en pómulos y sienes y aplicar calor seco en la mandíbula durante cinco minutos antes de acostarse.
La cuarta recomendación se centra en priorizar la respiración nasal y entrenar la respiración diafragmática. Cuando existe congestión nasal crónica, aconsejan consultar el problema.
Finalmente, plantean una valoración global e interdisciplinar ante la aparición de síntomas. El odontólogo puede trabajar conjuntamente con fisioterapeutas, osteópatas o médicos del sueño para ampliar el análisis más allá de la dentición.
Un papel más amplio para el profesional dental
Este planteamiento cuestiona una visión del bruxismo centrada exclusivamente en la férula. Las especialistas sostienen que esta alteración no tiene por qué convertirse en un problema con el que el paciente deba convivir permanentemente ni que la única respuesta sea utilizar una férula de forma indefinida.
Para Delgado, las manifestaciones del bruxismo pueden estar vinculadas al ritmo de vida, la postura o la respiración. De ahí la importancia de interpretar los síntomas dentro de un sistema interconectado.
Para las clínicas y los profesionales de la odontología, este enfoque supone ampliar la mirada sobre el paciente. Proteger los dientes sigue siendo relevante, pero la atención puede requerir considerar otros factores y coordinarse con diferentes perfiles sanitarios. El objetivo final es actuar sobre el conjunto de elementos relacionados con el problema y mejorar la calidad de vida del paciente.